1.El ruido que venía del pozo
Nadie usaba ya el pozo de la casa.
No porque estuviera seco, sino porque hacía años que el agua había empezado a saber a hierro… y a algo más.
Al principio fue solo un ruido. Un golpe sordo, profundo, como si alguien dejara caer una piedra muy abajo. Siempre de noche. Siempre una sola vez.
—Será la madera —decía mi abuelo—. Con la humedad, cruje todo.
Pero la madera no vuelve a crujir cada madrugada a la misma hora.
La segunda semana el golpe se repitió dos veces.
La tercera, tres.
Yo contaba desde la cama, con la ventana abierta y el olor a tierra húmeda entrando en la habitación. El sonido no subía: parecía quedarse atrapado en el fondo, como si el pozo se negara a devolverlo.
Una noche bajé con una linterna. El brocal estaba frío, más de lo normal. Me asomé lo justo para que la luz iluminara el círculo negro del fondo. No vi agua. No vi nada.
Entonces llegó el golpe.
No sonó abajo.
Sonó justo debajo de mi cara.
Di un paso atrás y la linterna tembló. El eco tardó demasiado en apagarse, como si algo estuviera probando el sonido antes de dejarlo ir.
A la mañana siguiente el pozo estaba tapado. Mi abuelo había colocado una losa vieja y varias piedras encima.
—¿Has oído algo esta noche? —me preguntó sin mirarme.
Negué con la cabeza.
—Mejor —dijo—. Porque cuando el pozo empieza a contar, nunca llega solo hasta diez.
Desde entonces, algunas noches, cuando todo está en silencio, creo escuchar un golpe lejano bajo la tierra.
Solo uno.
Y nunca sé si es el primero…
o el siguiente.
2.No era importante
No era importante al principio.
Por eso nadie lo mencionó.
La puerta del garaje aparecía algunas mañanas entreabierta. Solo un poco. Lo justo para que entrara el aire frío. Mi padre decía que sería el muelle, que ya estaba viejo. La cerraba con más fuerza y seguíamos con el día.
Una semana después, la puerta volvió a quedar abierta. Esta vez había marcas en el suelo. Nada claro. Como si algo hubiera sido arrastrado sin prisa.
—No es nada —dijo mi madre—. Aquí siempre exageramos.
Dejamos de mirarla.
Hasta que una noche, al volver tarde, vi la luz encendida dentro del garaje. No debería haber nadie. Pensé que la habría dejado así por la mañana.
Antes de apagarla, escuché un ruido suave, rítmico. Como alguien respirando despacio, muy cerca del suelo.
No entré.
A la mañana siguiente, la puerta estaba cerrada. La luz apagada. Todo en su sitio. Excepto una cosa: las marcas ya no iban hacia dentro.
Salían.
No lo comenté con nadie.
No era importante.
Y aprendí algo útil desde entonces:
las cosas que no parecen nada suelen estar esperando que las ignores


